Sólo quiero confesarte que al principio te pensaba
y que hoy contemplo en ti mi realidad.
Es que me deleito tanto escuchándome
inventarte en mi prisión; eres mi sueño preferido
y no quisiera un día notar
que nuestro encuentro no sucedió jamás.
A mí que vuelvo a amanecer por ver tu sonrisa,
muchas más veces de las que hubiera confesado ayer.
A mí que disfruto de guardar silencio
Tan solo para oírte respirar.
No hace falta confesarme, mis ojos no saben mentir;
Por más que lo intento una sola es la verdad,
Mi secreto a voces, una dulce realidad, Eres tú.
martes 12 de mayo de 2009
domingo 26 de abril de 2009
Morir de Amor
Nunca me han gustado los velorios, menos aun los de gente que ni conozco, porque jamás se que decir. Entre a la casa de mi tía, a la cual no iba desde que tenía doce años, me hice paso entre la mucha gente que conversaba cabizbaja en la entrada, todos vestidos de negro. En la sala había aun más gente llorando, abrazándose, divise a mi primo Mickey, me acerque a él, lo abrece y le dije la ya patentada frase: mi más sentido pésame. Esta es la parte que más odio de los velorios, presentarle mi compañía en su dolor a aquel que ha perdido al ser querido, lo odio porque esa frase me parece muy fría y porque dentro de mí sé que es imposible entender como puede llegar a sentirse. Perder a alguien que quiero es algo que aun no me ha tocado vivir, y no imagino cuán difícil pueda llegar a ser. El ataúd estaba en medio de la sala, era color marfil con una cruz de bronce en el medio, a su alrededor cuatro candelabros que alumbraban tenuemente dando un aspecto tétrico y en el fondo un telón color vino que daba un toque más fúnebre a la habitación. Siempre he tenido una fascinación con las lágrimas que envían a los velorios, me parecen hermosas, un gesto tan sutil para un momento tan doloroso; me quede observando la gran variedad de lágrimas que inundaban la sala, unas grandes otras más pequeñas, todas con el mismo mensaje: te acompaño en tu dolor. El llanto desconsolado de una mujer me despertó de mi letargo, me encontré con una mujer abrazada al ataúd con un mar de lagrimas en sus ojos, casi no podía respirar, algunas personas intentaban separarla , la abrazaban tratando de consolar lo inconsolable. Ella se desmayo, tuvieron que sentarla y a la brevedad consiguieron alcohol para reanimarla, era la hija de la fallecida. Mientras intentaban reanimarla, yo aproveche mi oportunidad para darle un último adiós a quien hoy descansa en paz, mi tía Alinda. Me acerque al ataúd, ahí estaba ella, parecía que dormía plácidamente, sin ser importunada por los llantos y las conversaciones de toda la gente ahí reunida para lamentar su partida; estaba peinada y maquillada como para ir a una fiesta, las uñas pintadas , llevaba un habito de la Virgen del Carmen y entre sus manos una estampita de la Virgen de Guadalupe. Ella iluminaba aquella habitación que estaba sumida en la oscuridad por los trajes negros de los invitados. Levante mi plegaria al cielo y me fui.
Necesitaba fumar un cigarrillo para tener una excusa de no estar dentro del velorio, no soporto esta situación, me acerque a dos individuos que conversaban amenamente a pedir un encendedor, mientras encendía el cigarro no pude evitar escuchar su conversación acerca de la recién fallecida; “Dicen que días antes ella ya sabía que iba a morir” dijo uno casi susurrando, a lo que el otro respondió:”Puedes creer que hace dos meses exactos murió su esposo”. Su conversación me intereso así que al momento de regresar el encendedor no dude en preguntar: ¿Disculpen saben de que murió Alinda?, a lo que uno de ellos me respondió sin titubear: “Se murió de amor”. ¿Se murió de amor? Mientras observaba fijamente la luna llena que disfrazaba el cielo Limeño confundiéndolo con el de Paris, no dejaba de dar vueltas en mi cabeza aquella pregunta, no habían dicho que de amor nadie se muere; ¿Es acaso posible morir de amor?
Ya entrada la noche, la casa se fue quedado vacía y solo la familia permaneció acompañando en su última noche a Alinda. No había dejado de pensar en que lo que me dijeron, así que inoportuno (como siempre), me acerque a Ana, la única hija de mi tía Alinda, y le pregunte la razón de la muerte de su madre.
Ella aun congojada por su perdida, se sentó a mi lado y me dijo aunque los médicos digan miles de cosas y los exámenes clínicos den una explicación lógica a la muerte de mi madre, yo se que ella se murió de tristeza porque mi Papá falleció hace dos meses y ella no pudo soportar no vivir a su lado. Si, se murió de amor. Una señora que no recuerdo bien quien era se acerco a nosotros y nos ofreció una taza de café, tome una taza, Ana lo rechazo; luego de dar el primer sorbo y quemarme la lengua de lo caliente que estaba el café, Ana empezó a contarme la historia de amor de Herminio y Alinda.
Tenían 40 años de casados y desde que tengo uso de razón jamás los he visto separados, Alinda siempre estaba pendiente de que a Herminio no le falte nada y él aun siendo una persona bastante recta se desnudaba ante ella con gestos de amor. Nos criaron juntos, ambos siendo profesores, sin mucho tiempo para verse, lograban hacer de los pocos momentos que pasaban juntos únicos, hechos enteramente de felicidad. Envejecieron viéndonos crecer, siempre juntos, el amor paso a ser más que un sentimiento o una decisión, una necesidad vital para vivir, entre ellos dos. Hace unos meses mi padre, Herminio, se puso mal y tuvimos que internarlo en la clínica, le hicieron unos exámenes médicos y quedo estable, fuera de todo peligro pero debía permanecer en cuidados intensivos una última noche para luego ser dado de alta; A la mañana siguiente nos llamaron del hospital para decirnos que mi padre había fallecido, todos nos sentimos devastados pero mi madre, jamás termino de entenderlo. Luego del entierro, tratamos de sobrellevar la situación, mi madre no, pasaba el día entero echada en su cama en el lado donde solía dormir Herminio, dejo de comer, dejo de salir, olvido que se sentía la luz del sol en el rostro, no aceptaba que mi padre se haya ido y la haya dejado sola. Recuerdo que ella siempre decía: “no puedo morirme, todas las noches le pido a Diosito que me mantenga viva para cuidar a mi Herminio, si yo me voy, ¿Quién va a cuidar de él? ¿Quién le va hacer su comida? ¿Quién le va a dar sus pastillas?; lo único que le pido a Dios es que me mantenga viva hasta que Herminio se vaya”.
Días antes de su muerte mi madre (Alinda), nos llamo uno a uno a mis hermanos, siendo yo la ultima, no me dio ningún sermón, ni algún consejo de vida o muerte, eso lo hizo durante todo el tiempo que la tuve a mi lado, sencillamente me pidió un favor, tal vez el más importante que me hayan pedido en toda mi vida; mirándome a los ojos, me dijo sin titubear un segundo, que cuando fallezca quería que la peinara bonita, la pintara, la vistiera con las mejores ropas, porque sabía que iría a ver a papá y quería llegar a su encuentro viéndose preciosa. “No quiero que me vea fea”, fueron sus palabras textuales. Cuando cayó en descanso eterno, lo primero que hice fue cumplir su último deseo, algo que particularmente me termino por demostrar el profundo amor que ellos se tenían.
Las lagrimas alrededor de su ataúd se marchitaron, las oraciones en su nombre cesaron, Alinda partió al encuentro con el amor de su vida. ¿Quién dijo que de amor nadie se muere?
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Llevame (Mar de copas),
Quiero (Ricardo Arjona)
domingo 5 de abril de 2009
Bitacora de un aborto
Abrí la puerta del baño cuando las lágrimas ya empezaban a asomar en mis ojos, sentía un nudo en la garganta y mis manos sudaban de los nervios. Te encontré sentado en la cama esperando ansioso, nervioso, asustado, nunca tanto como yo; no me dejaste decir nada, me leíste la mirada, te pusiste de pie, me abrazaste y empezamos a llorar los dos. Era Jueves jamás lo olvidare, mama había cocinado arroz con pollo, mi comida favorita pero ni siquiera lo probé, era ya el quinto día que despertaba con vómitos y mareos; se había hecho tarde para pensar en las consecuencias.
La pared de mi cuarto es rosada y tiene grietas muy pequeñas, la humedad del baño la había traspasado y la pintura se resquebrajaba de a pocos, estaba pegada hace ya buen rato observándola intentando no pensar, deseando despertar, lastima no era una pesadilla. Los tres guardábamos silencio, creo que era porque ninguno sabia que decir; me puse de pie de repente y me acerque a mi espejo, me levante ligeramente el polo y empecé a acariciarme la panza con la mano, suavemente como para no hacerle daño, como para no despertarlo, creo que lo hice por inercia, instinto maternal, o fácil porque lo había visto en alguna película. Me veía al espejo y me imaginaba con la barriguita mientras me acariciaba con más ternura la panza, no sentí nada dentro, lo único que podía llegar a sentir era miedo.
El segundero del reloj me estallaba en la cabeza (tic tac tic tac), deseaba tantas cosas en ese momento que ahora difícilmente logro recordar alguna de ellas. Tú, sentado ahí en la cama, sin decirme nada que me deje aunque sea un poco más tranquila, sé que era imposible y tú también, pero ni siquiera lo intentaste. De pronto te levantaste, me tomaste del brazo y me robaste un beso, no, me robaste más que eso, me robaste el aliento, me elevaste al cielo, me hiciste sentir que todo esto era realmente un sueño, que todo estaría bien. Lamentablemente no era un sueño, se asemejaba más a una pesadilla, pero no, era real. Hoy es jueves 2 de abril y sí, estoy embarazada.
Dicen que la negación es el primer paso ante cualquier tragedia, al parecer en mi manual de vida habían obviado ese paso, porque sencillamente entendí que mi vida como la conocía hasta hoy había cambiado. Me di cuenta que jugar a ser grande no es tan divertido como parece, yo no estaba lista para ser valiente, y empiezo dudar de que algún día lo esté; debíamos tomar una decisión, pero ni a ti, ni mucho menos a él les pedí una opinión. Tan egoísta, tan cobarde.
Se me terminan las ideas, y ni que decir del tiempo, ese ya lo perdí. Era momento de ser valientes, de afrontar lo que en ese momento parecía ser el peor error de nuestras vidas; era momento de ser valientes, ahora lo lamento, decidimos ser cobardes.
Sentada en la acera mientas te veía caminar con una seguridad fingida hacia la farmacia no podía evitar cuestionarme una mil veces donde había quedado aquella niña, que amaba jugar con muñecas, que se maquillaba de pura mona, aquella niña que más de una vez soñó con ser princesa. ¿Dónde quedo mi inocencia? Acaso se extravió entre las sabanas de aquel motel o se confundió con aquel “te amo” que digo sentir y ahora no tengo la menor de que quiere decir.
Lo hacías sonar tan fácil, tan sencillo, tan fugaz; que odiaba tanto el hecho de que no fueras tu el que estaba en esta situación, llevaba una vida en mi vientre y no lo entendías; ¿o acaso era yo la que no entendía que esa vida estaba ahora en mis manos? Entre al baño, mientras tu fumabas un cigarrillo esperándome en la sala, para ti era tan fácil; comprar las pastillas y dármelas, te lavabas las manos como alguna vez lo hizo Herodes. Me mire al espejo tratando de reconocer esa figura que se reflejaba, esa no era yo, definitivamente no era yo, ella estaba pálida, ojerosa de tanto llorar, insegura, vulnerable, tan cobarde. Me cuestione hasta el último momento, sabía que no era lo correcto, pero habían tantas razones para hacerlo; mis padres se iban a decepcionar de mí, no quiero ni imaginarme que irían a decir, jamás podría volver a mirarlos a los ojos, arruinaría mi vida, mi futuro, mi carrera, tantas cosas en que pensar; ahora sé que eran meras excusas. Dos capsulas vía vaginal, una vía oral, eran las instrucciones estrictas que me había anotado el farmacéutico, un maldito cómplice más de este crimen. Me introduje las capsulas con dificultad, mi mano temblaba de los nervios, hasta ese momento no era consciente de lo que estaba haciendo; luego ingerí la ultima pastilla, no me quedaba más que esperar, las tres horas más largas de mi corta vida, más largas aun que los tres putos minutos que duro la prueba de embarazo.
Intente dormir, me eche sobre la cama y abrace con todas mis fuerzas a Rudy, mi osito de peluche, el último rastro de mi inocencia. Aun cuando no pude conciliar el sueño, mantuve mis ojos cerrados, tú estabas ahí sentado al borde de la cama acompañando junto a mí, su agonía. Desperté con un terrible dolor en el vientre, era insoportable, toque mi frente y estaba ardiendo, no sé si la fiebre me tenia delirando o en verdad me percate que tu ya no estabas a mi lado. Me levante con dificultada de la cama, con pasos cortos me dirigí hacia el baño; me senté y sin necesidad de pujar algo cayo, sentí como si estuviera pariendo mi alma, me dolió tanto que quede mareada por unos instantes. Estaba completamente bañada en sangre, me levante y vi a mi pequeño yacer ahí, ensangrentado, inmóvil en la que ahora era su tumba; fue entonces ahí cuando me percate que había cometido un asesinato.
*NO COMETAS UN ABORTO, NO TIENES DERECHO A QUITAR UNA VIDA.
*NO COMETAS UN ABORTO, NO TIENES DERECHO A QUITAR UNA VIDA.
martes 31 de marzo de 2009
Eres...¿Qué eres?
Eres mucho, eres poco,
eres risa, eres ceño fruncido,
eres la parte que no se entiende,
la que se debe leer entre líneas,
Eres un enigma.
Eres dulzura para mi oído,
eres la sonrisa que llevo en mis labios,
las arruguita debajo de mis parpados,
eres la voz que calla,
Eres mucho, eres poco,
eres risa, eres ceño fruncido,
eres la parte que no se entiende,
la que se debe leer entre líneas,
Eres un enigma.
Eres dulzura para mi oído,
eres la sonrisa que llevo en mis labios,
las arruguita debajo de mis parpados,
eres la voz que calla,
el susurro que se esparce en el aire.
Eres poema, eres oda,
Eres poema, eres oda,
eres verso, mi inspiración;
eres mi llanto y mis emociones,
eres diez minutos de levitar en el cielo,
eres el brillo que llevo en mis ojos.
eres mi llanto y mis emociones,
eres diez minutos de levitar en el cielo,
eres el brillo que llevo en mis ojos.
domingo 29 de marzo de 2009
En tu nombre

Si tuviera que hablar de amor, hablaría de ti, repetiría una y mil veces tú nombre, ese que besa mis labios cada vez que te recuerdo, tu nombre.
Si tuviera que hablar de ti, hablaría de amor, incontrolable, inexplicable, completamente impredecible, ese amor que probé por vez primera en tus labios, que me extravió en tu cuerpo, ese único amor que conocí en tus ojos.
Si tuviera que hablar de amor,
Si tuviera que hablar de amor,
si tuviera que hablar de ti;
guardaría silencio.
Porque en mis ojos está escrito….Tu nombre.
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